Mostrando las entradas con la etiqueta experiencia personal. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta experiencia personal. Mostrar todas las entradas

miércoles, abril 29, 2009

Religión y Trastorno Bipolar

Cuando yo era niño y joven adolescente, era una persona muy religiosa. He pensado que soy bipolar desde niño porque recuerdo bien un momento en el que me sentía "escogido" o "llamado" para "hacer algo grande" en términos religiosos. Tenía unos nueve años, porque escribí la experiencia en las páginas al final de una Biblia infantil (ilustrada) que me habían regalado para mi primera comunión, que hice cuando cumplí los ocho años. Ahora interpreto ese momento como un episodio de manía. No llegó a psicosis porque no escuché ni vi nada especial. Era simplemente una sensación de alegría y optimismo desmedidos. A lo mejor de grandiosidad...

Puede ser que el detonante de la enfermedad fue un episodio de grandísimo estrés que vivimos con toda mi familia. Un fin de semana salimos de paseo al interior del país y cuando regresamos a casa, de noche, habían tres hombres armados y encapuchados esperándonos dentro de la misma. A mi mamá, a mis hermanas y a mí nos amarraron y encerraron en un cuarto. A mí papá lo golpearon para forzarlo a que les firmara un cheque. Fueron horas dramáticas hasta que una persona conocida llegó a la casa para hablar con mi papá y se dio cuenta de lo que ocurría. Pidió ayuda y nos rescataron.

Para mi mamá ese año fue aún peor porque sufrió la muerte de mi abuelita, su mamá. Ella acepta que desde entonces necesita tomar pastillas para dormir. También, desde esa época no ha dejado de buscar respuesta a sus problemas en grupos religiosos (primero católicos y evangélicos, y ahora más en otras creencias orientales).

En el grupo de jóvenes bipolares me di cuenta que en varios casos las creencias religiosas interaccionan con los episodios maníacos. Las personas se creen especiales, escogidas por Dios y hasta se ponen a predicar para salvar al mundo. Yo tuve mi época de "ministerio" y me duró tres años (como a Cristo, aunque él lo tuvo que dejar porque lo mataron, por ¡¿"voluntad del Padre"?!). Una de las canciones que cantábamos con mis hermanos en la fe, era la siguiente:

"El profeta" (Jeremías 1,4-10)

Antes que te formaras
dentro del vientre de tu madre,
antes que tú nacieras,
te conocía y te consagré
para ser mi profeta,
de las naciones yo te escogí.
Irás donde te envíe
y lo que te mande proclamarás.

Tengo que gritar,
tengo que arriesgar,
¡ay de mí si no lo hago!
¿Cómo escapar de Ti?
¿Cómo no hablar si tu voz
me quema dentro?
(bis)

No temas arriesgarte,
porque contigo yo estaré.
No temas anunciarme,
porque en tu boca yo estaré.
Te encargo hoy mi pueblo
para arrancar y derribar,
para edificar,
destruirás y plantarás.

Ahora les digo a ellos que muchos de los profetas del Antiguo Testamento, y probablemente el mismo Jesús, eran bipolares. Puede ser que la primera estrofa de la canción hace referencias al factor genético de la enfermedad. Y la última a la conducta bipolar, algunas veces agresiva (para arrancar y derribar) y otras veces creativa (para edificar y plantar). No lo sé, pero me intriga. Seguramente las visiones de los profetas eran episodios de psicosis en los que creían que Dios les revelaba su misión. Recordemos el pasaje de Jesús cuando sumamente irritado y con látigo en mano expulsó a los mercaderes del Templo (Juan 2, 13-17).

Como estos ejemplos, estoy seguro que puedo encontrar cientos de casos en la Biblia y se podría elaborar un diagnóstico psiquiátrico de los personajes. A lo mejor esto da pistas para el rastreo del gen o genes de la bipolaridad. Un investigador me dijo que a la América Latina había llegado por españoles con raíces judío-sefarditas. He investigado mi árbol genealógico y me he asombrado de la cantidad de apellidos hispanos que son considerados precisamente de origen sefardí.

jueves, enero 08, 2009

Trastorno Bipolar: ¿Enfermedad o "condición"?

Desde hace varios meses vengo evolucionando en mi propio entendimiento del "trastorno" bipolar (del inglés la traducción literal sería "desorden"). Los lectores observadores lo habrán notado en mis artículos. Todo empezó cuando asistí a una conferencia en la cual se hablaba de la "condición" bipolar y donde se pedía que dejáramos de llamar como "bipolares" a las personas con dicha "condición".

Hoy mismo, en reacción a mi POST anterior sobre el suicidio de mi familiar, un miembro del grupo virtual de autoayuda, quien participó en el debate sobre la bipolaridad como don o maldición, dijo algo que me parece muy interesante y lo comparto con el resto de los lectores (el énfasis lo agregué yo):

Muy acertadas tus palabras, aunque no del todo... Lo único en lo que estoy en total desacuerdo con vos es que te referís a la bipolaridad como enfermedad, un padecimiento... ¡POR FAVOR QUÍTENSE ESO DE LA CABEZA! Es simplemente una condición, un modo de ser.

Y si alguien ha "sufrido" por ella, en mi parte era una gran incomprensión de muchas cosas que mejor prefería ignorar, habiendo pasado por mi cabeza la idea del suicidio ya en alguna ocasión, eso es el pasado... Lo que es el presente y el futuro de cada uno depende de como cada uno lo maneje. Yo en lo particular, insisto en que no padezco nada, sino que tengo una gran fortaleza en mi vida, que la hace más placentera y plena. He platicado bastante del asunto entre mi familia, y mi hermano me dijo, hace unos días algo que me llenó de satisfacción: "Tal vez si no fueras bipolar no tuvieras esa gran pasión por viajar". Todo lo que se necesita es conocer el "padecimiento" y hacerlo una ventaja para la vida.

Como le digo yo a la gente, "ser loco no necesariamente va a ser algo malo". En la vida, "QUE ME LLAMEN LOCO, pero NO enfermo". "La vida vale la pena, y más, si se es bipolar".

Compromiso con la educación sobre el TBP

Esta semana se quitó la vida un familiar muy cercano, quien fue diagnosticado hace varios años con trastorno bipolar. Esta tragedia nos ha llenado de dolor a todos los que tuvimos la dicha de conocerlo. Era una persona muy alegre y generosa. Lamentablemente la enfermedad le condujo a una vida con más dificultades de lo normal.

La última vez que nos vimos, platicamos mucho sobre el trastorno bipolar. Me contó muchas intimidades sobre cómo le afectaba la enfermedad. Dijo que desde hacia algún tiempo había dejado los medicamentos y se “automedicaba” con alcohol. También me confesó que frecuentemente pensaba en quitarse la vida. Lo hizo realidad seis meses después.

Estos días posteriores a su muerte los he pasado meditando. He experimentado diversos sentimientos. Claro, tristeza por la familia, pues este duelo es complicado, especialmente cuando se entiende tan poco sobre la enfermedad, sus causas y consecuencias. Pero también he sentido un poco de rabia y frustración, pues este desenlace se veía venir desde hace varios años. Yo lo traté de advertir a su familia cercana y a la extensa, pero obtuve muy poca atención de su parte.

Lo de las enfermedades mentales sigue siendo un gran tabú en mi sociedad. Las familias no aceptan que dentro de “su sangre”, es decir, en su información genética hay una probabilidad mayor que en el resto de la población de desarrollar este tipo de trastornos. Seguramente, no conviene que “todo el mundo” lo sepa, porque puede tener consecuencias negativas en el mundo laboral debido a la estigmatización y los prejuicios. Pero, al menos, las familias deben ser capaces de reflexionar internamente, pues se debe identificar con anticipación los síntomas en otros de sus miembros.

En mi familia, hace veinte años, ya habíamos sufrido esta misma tragedia con otro ser querido de la generación previa. Pero, lamentablemente, se aprendió muy poco de esa triste experiencia. Ahora, personalmente, me he comprometido a que esta nueva tragedia no quede en el olvido. Debe servir de lección para todos, los más viejos y los jóvenes.

La educación sobre el trastorno bipolar debe ser una prioridad para las familias dentro de las cuales se padece la enfermedad. No sólo para poder comprender a quienes sufren directamente dicha condición, y proveerles del amor y paciencia que necesitan, sino también para estar atentos a los síntomas que puedan presentar personas de las futuras generaciones, nuestros hijos y nietos. Para con ellos, aunque sólo sean una hipótesis, tenemos una gran responsabilidad. Es nuestra decisión si ignoramos o atendemos esta drástica llamada de atención.

miércoles, julio 16, 2008

Ellos no quieren... Yo tampoco quisiera

El fin de semana recién pasado tuve una reunión con primos. Uno de ellos ha sido diagnosticado con TBP desde hace varios años.

Su caso es bastante delicado. Me contó que lleva dos años sin medicamentos, y que él se automedica "un poco de licor". También me dijo que todos los días piensa en quitarse la vida.

Fuerte testimonio. Dejó los medicamentos desde que tuvo una crisis con su hígado. Hoy no puede trabajar, pero dice que ha estado más o menos estable, pues no ha tenido episodios maníacos sobresalientes. Lleva una rutina de cercanía con sus padres, quienes le ayudan a monitorearse.

Mi primo habla abiertamente conmigo y otros primos que hemos sufrido de cerca la enfermedad. En un momento de la conversación empezaron a decir que yo NO soy bipolar. Que al menos no creían que lo fuera pues me ven muy "normal".

Yo les dije que ellos no me conocen de cerca. Les conté algunos episodios en los cuales el TBP afectó mis relaciones laborales. Aún así no quedaron convencidos. Dicen que hasta que no vean un "examen de sangre" que lo compruebe, no me creerán.

Les dije que hasta el momento no hay tal examen. Mi primo insiste en que sí lo hay, pues él estuvo recluído un tiempo en un hospital especializado en Texas. Le contesté que lo habrá en el futuro cuando los científicos logren descubrir los genes relacionados con la enfermedad, pero que por el momento los psiquiatras sólo cuentan con los criterios del famoso manual DSM-IV (Manual de diagnóstico de los trastornos mentales de la American Psychiatric Association).

Me dijo, al final, que a lo mejor él simplemente "no quiere" que yo también tengan el TBP. Me preguntó sobre las ideas que pasan por mi mente, y por la duración de mis episodios depresivos. Le explique que yo soy bipolar II (hipomaníaco) y que él es biporal I. Por lo cual tenemos diferencias importantes respecto a los síntomas.

Le dije a él y otra prima que yo tampoco quisiera ser bipolar, pero lo soy.

lunes, julio 02, 2007

Como las gallinas

En el jardín de mi casa, cuando yo era niño, mis padres tenían un gallinero... Pero nunca ví que la gallinas mostraran expresión alguna de felicidad o tristeza. Probablemente, sólo el gallo. Esos estados de ánimo sí los ví en las caras de los "pollitos en fuga", pero porque eran gallinas humanizadas.

Mi analogía del trastorno bipolar con las gallinas tiene que ver con el ciclo del sueño. Los pollos y las gallinas se duermen cuando oscurece y se despiertan cuando sale el sol. No importa la hora. Por eso es que en las granjas productoras de huevos les ponen luz artificial, para que crean que es de día y sigan poniendo huevos. Algo así como lo que le hacen a la gente que trabaja en las maquilas...

Ahora estoy en el Hemisferio Norte y en época de verano. El sol sale muy temprano, como a las 5:50 a.m. y se mete muy tarde, como a las 8:30 p.m. Así que tenemos más de doce horas de luz solar...

Eso me pone loco. Mi cerebro, como el de las gallinas, ya no sabe lo que es día y noche según los horarios de países cercanos al ecuador. Mi mente se llena de ideas para trabajar, para hablar, para planificar... Así que me estoy durmiendo como a la media noche, cuando ya no hay luz solar y la gente alrededor se empieza a calmar.

Estoy tomando mi medicamento, pero este cambio de horario, más el estrés de una nueva vida en otra ciudad, no me están ayudando. Me cuesta despertar, lógicamente, y es hasta las 10:00 a.m. que recupero el control sobre mi cuerpo.

Bueno, espero adaptarme porque quedan dos meses de verano. También espero que en el invierno no me pase lo opuesto, es decir que lo nublado del día no me provoque depresión. Ya veremos.

domingo, febrero 25, 2007

Recuerdos desde niño: ¿cuándo apareció la enfermedad?

Me diagnosticaron como "bipolar II" a los 31 años de edad. Pero esto no quiere decir que empecé a padecer la enfermedad a esa edad. Al menos, recuerdo mi primer episodio de depresión prolongada a los 22 años.

Reflexionando un poco más, podría ser que desde niño ya había manifestado algunos síntomas. Recuerdo que varias noches no podía dormir debido a unas pesadillas abstractas. Yo le llamaba "palitos" a unas líneas que veía venir hacia mí durante el sueño. Su velocidad cambiante me asustaba. Pienso, ahora, que era el cerebro que no descansaba durante la noche. Me iba a dormir a la cama de mis padres y me quedaba tranquilo.

Desde muy niño, a los 9 años, ya era capaz de escribir con buena prosa. A esa edad gané un concurso de oratoria en el colegio. Desde entonces, hasta la graduación, fui el encargado de todos los discursos de la promoción. Por cierto, ese primer ensayo era sobre la familia, pero lo destruí después que mis padres tuvieron una pelea.

Esas frecuentes peleas de mis padres eran mi principal fuente de estrés. Creo que realmente me deprimían. El papel de hijo mayor me pesaba demasiado y lo ejercí con seriedad desde los 7 u 8 años. Era el intermediario, el que buscaba la reconciliación.

En el colegio siempre fui brillante. El primero de la clase. Las maestras de primaria, y luego los profesores de la secundaria siempre me mostraban admiración. Mis compañeros, algunos respeto, otros envidia. Pero hasta ahora entiendo que posiblemente mi inteligencia está ligada con este trastorno...

Otro síntoma. A veces tenía delirios de grandeza, sobre todo asociados con cuestiones religiosas. Esto influyó en mi vida de adolescente y me llevó a tomar decisiones radicales. A los 17 años ya pensaba seriamente en la vida religiosa, y a los 19 años decidí dejar mi familia y país para emprender una aventura como "predicador".

No lo sé. No estoy plenamente seguro. Pero podría ser que desde niño ya manifestaba algunas características de las personas con Trastorno Afectivo Bipolar. ¿Cómo ha sido su experiencia?

domingo, diciembre 24, 2006

Depresión durante las Fiestas de Fin de Año

Un amigo, estudioso de la sociología de la religión, me dijo hace tres meses una frase que aun resuena en mi cabeza: "El principal obstáculo para la auténtica espiritualidad es la religión".

Hoy, 24 de diciembre, trato de reflexionar un poco sobre esa frase. Recuerdo que hace un año acompañé a mi esposa y a su familia a la misa de Navidad. No la pasé muy bien. De hecho, me aburrí mucho y mi mente se la pasó criticando al cura, quien no preparó su predicación. Así que este año he decidido no acompañarles. Me quedaré en casa escribiendo estas líneas, tratando de reconciliarme con mi ser espiritual.

A veces, estas fechas son propicias para deprimirse... Los recuerdos de la niñez afectan a muchas personas. El papá ausente, o el familiar alcohólico, o alguna otra tragedia son motivo suficiente para un "bajón". Es comprensible, el contexto nos ayuda a recordar.

Sin embargo, pienso que la depresión (unipolar o bipolar) podría explicarse por el estrés intrínseco de las fiestas. Compras de regalos, tránsito insoportable, problemas financieros, peleas familiares, e incertidumbre sobre un nuevo año que se aproxima. Además, las fiestas se prestan para abusos que no nos ayudan: desvelos, consumo de alcohol, y falta de ejercicio.

Personalmente, veo que mis seres queridos se afanan en la compra de regalos. Yo mismo me siento atrapado por la ola consumista. Quisiera escapar de ella, pero no puedo. A última hora me decido a comprar algún regalito para no decepcionar a quien lo espera. Esto de satisfacer expectativas definitivamente me estresa.

Por otro lado, estos días, mi familia vive con mayor intensidad la separación de mis padres. La organización para pasar con cada uno de ellos algún tiempo de calidad y no sentirnos "malos" hijos... es todo un estrés "Clase A".

En fin, una Navidad más. Un poco de nostalgia, pero nada serio. Anoche dormí bien, gracias a las pastillas que me recetó el doctor para casos de emergencia (zolpidem, Ambien en EEUU o Stilnox en América Latina). Así que estoy de ánimo para afrontar las 12 campanadas, pero no tanto como para ir a misa.

Sigo en mi lucha contra la religión, para encontrar la auténtica espiritualidad.

sábado, septiembre 23, 2006

¿Estaré enamorado o no?

Para el diagnóstico de la enfermedad bipolar también es importante ser concientes, al menos, de los problemas que tenemos en nuestra interacción con los demás. Especialmente con los seres más próximos. ¿Vemos alguna variabilidad en nuestro estado de ánimo que pone en riesgo la relación? ¿A qué se debe la inestabilidad en la relación?

En mi caso, mi novia (ahora mi esposa) sufrió mucho con mi enfermedad. Cuando yo estaba bien ("normal"), o incluso eufórico (más cariñoso que de costumbre), todo marchaba de maravilla. Tenía planes para el futuro, miraba el mundo con optimismo.

Pero cuando tenía algún problema en otro ámbito, familiar o laboral en la mayoría de los casos, me tendía a deprimir. Entonces surgían las dudas, ya no me sentía atraído hacia ella. Pensaba de forma negativa. Mis silencios la desesperaban, y cuando abría la boca era sólo para empeorar la situación. Por ello, cuando mi negatividad era extrema, decidíamos terminar con el noviazgo.

Cuando pasaba la tormenta, y yo entraba en razón, la buscaba de nuevo. Lo volvíamos a intentar hasta que se hacía presente la nueva tempestad.

Así pasamos varios años... Hasta que ella se cansó. Pensamos que el rompimiento era definitivo, pero cuando descubrimos la enfermedad todo se aclaró. No era una relación "enfermiza", sino una buena relación afectada por una enfermedad que consiste en un desequilibrio químico del cerebro y que se manifiesta en fuertes cambios del humor debido a situaciones de estrés que nos desbordan.

Yo no era el culpable, era mi cerebro el que me traicionaba periódicamente. Yo la amaba (y la amo) pero esos "pensamientos locos" (como yo los llamo) me decían que no.

Una vez detectado el problema, buscamos la solución. Ir al psiquiatra y comenzar un tratamiento farmacológico fueron los primeros pasos. Ahora llevamos tres años felizmente casado, con problemas en la relación que son poco significativos.

De hecho, sólo nos hemos peleado cuando nos pusimos a dieta, porque pasar hambre afecta el estado de ánimo. Por lo demás, he tratado de compartir con ella mi proceso de adaptación a los medicamentos con los que hemos ensayado, y con frecuencia le cuento cómo me siento para evitar malentendidos.

¡La chingada cadena!

Los familiares que por casualidad lean el título de este post, identificarán rápidamente el dicho de la abuela. Su sabiduría era inmensa. Con esa expresión, que ella utilizaba en momentos de crisis familiar, se sintetiza una verdad que era (y es) un tabú familiar: hay problemas que se repiten en cada generación.

El factor genético de la enfermedad

Muchos piensan que es casi imposible llegar a un diagnóstico 100% seguro sobre el trastorno bipolar. Tendemos a engañarnos y pensar que todos padecen momentos de euforia y de tristeza. Es verdad, son sentimientos humanos, pero en nuestro caso son exagerados. Un episodio de euforia puede llevarnos a comprar cosas que no necesitamos o a comportarnos de forma arriesgada en otros ámbitos de la vida. La tristeza puede matarnos.

Entonces, uno de los elementos más importantes para determinar si se tiene o no la enfermedad es la historia familiar. Es necesario saber si algún antepasado o miembros de nuestra familia extensa (primos) padecen o padecieron los síntomas de la enfermedad.

En mi caso, una tía (hermana de mi madre) fue diagnosticada con la enfermedad y, tristemente, su desenlace fue trágico. Mi tía se quitó la vida. Tengo un primo, también de mi familia materna, que ha sido diagnosticado como Bipolar I. Tengo bastante evidencia para suponer que mi querida madre también padece la enfermedad.

De hecho, me di cuenta que yo la padezco porque leyendo artículos psiquiátricos, para entender a mi madre, llegué a la conclusión de que mis propios problemas personales podrían explicarse por variaciones de ánimo. La depresión me había dañado, casi irreparablemente, mi relación sentimental. La euforia, traducida en excesivas reacciones, me estaba afectando en las relaciones laborales.

Si en algo hay evidencia certera, es en la base genética de la enfermedad. Si alguno de nuestros progenitores es bipolar, hay una alta probabilidad de que nosotros o alguno de nuestros hermanos lo sea. Es una alta probabilidad respecto a la que tendría alguien que no tiene dichos antecedentes familiares.

La expresión "la chingada cadena" expresa, a lo mejor sin saberlo, la heredabilidad del gen bipolar (o genes, en plural, pero todavía no han concluido su investigación los expertos). Por momentos me ha parecido una frase fatalista, pues pareciera que la "cadena" no se puede romper, y nos sigue esclavizando. Sin embargo, pienso que los avances de la ciencia nos dan la oportunidad de entender la enfermedad y controlarla. En un futuro no muy lejano, a lo mejor, nos ayuden también a curarla.

Sobre este factor genético, que luego requiere de la interacción de un medio ambiente adverso (situaciones de alto estrés) para manifestarse, pueden contarse muchas historias interesantes. Las dejaré para más tarde.