viernes, junio 13, 2014

Mi vida con Trastorno Bipolar

por Isolda S. desde Nicaragua*
He intentado suicidarme tres veces. El suicidio es la pérdida total de perspectiva, de sentirse como un gato encerrado en una caja, arañando por una salida. Es como estar con un pie en el abismo. La primera vez fue a los quince y la que me encontró fue mi hermana. Me llevaron al hospital y me drenaron el estómago. Desperté horas después con un tubo en la nariz y un staff de hospital claramente hostil hacia mí.
Creo que me veían como una niña que le hace malacrianzas a sus padres. Llegaron a mi cama unas monjas que me sugirieron buscara a Jesús. Recuerdo que me dejaron en observaciones un día entero y me dieron de alta al día siguiente. Un martes. El miércoles regresé al colegio como si nada hubiera ocurrido. Mi madre dijo a las autoridades colegiales que la razón de mi ausencia fue una gastritis. Supongo que le dio demasiada vergüenza decir la verdad. Tiempo después investigué y descubrí que el envenenamiento con ácido acetilsalicílico (aspirinas) produce una muerte lenta y dolorosa, básicamente te disuelve el estómago; también descubrí que había tomado diez veces la dosis letal, y me reí de la idea de morir diez veces.
Nicaragua ocupa el puesto 60 a nivel mundial en tasa de suicidios, según suicide.org, que dice que por cada 100,000 habitantes se matan 11 hombres y 3.7 mujeres. Las mujeres lo intentan cuatro veces más, pero los hombres son más eficientes a la hora de acabar su vida. Este hecho deja anonadados a muchos, pero como mujer, la explicación me parece dolorosamente —simple incluso a la hora de acabar con nuestras vidas— es que las mujeres tenemos todo un sistema social que nos impide dejar la existencia de formas “escandalosas” o “desordenadas”, así que mientras los hombres se liquidan con armas de fuego, las mujeres se asfixian, ahogan o envenenan. De cierta manera me hace pensar que en el fondo sentimos la necesidad de ser cadáveres presentables y bonitos.
Pero no crean que pretendo ser la voz de todos los suicidas, sería un papel demasiado grande para una simple muchacha de 20-25 años, clase media de Managua, Nicaragua. Sólo puedo hablar por mí misma y mi experiencia.
La segunda vez que me intenté matar fue a los dieciocho años. Pastillas, pero esta vez fueron 45 ansiolíticos con media botella de vodka. Esta vez fue mi padrastro el que me encontró, o mi madre. Me llevaron de emergencias al Manolo Morales, donde desperté dos días después, con una bolsa con el contenido de mi estómago a mi lado, como una placenta conectada a mi cuerpo con una bolsa en la nariz. Esta vez estaba sola. Como estaba en el ala femenina del hospital, no le permitieron a mi novio ir a mi lado, y mi madre estaba tan enojada conmigo que tampoco se apareció por ahí. Al salir, me castigaron meses sin salir de la casa, sin teléfono, internet o visitas, castigada por haber intentado quitarme la vida. Después de unos meses me recuperé, y seguí con mi vida y mi carrera en la universidad, pero en el fondo sentía una sombra, un monstruo que me empujaba al abismo.
Cuando tenía 21 años, un día dejé a mi novio y me sumí en una de las mayores euforias de mi vida. Bacanal duro, días de tomar y días en los que no necesitaba dormir. Pura energía. Creé muchísimo en esas semanas, se me ocurrían cualquier cantidad de proyectos y me sentía invencible. Un par de semanas después, absolutamente deshecha de vergüenza y auto-odio por todo lo que había hecho, sentí al monstruo que me jalaba lenta y decididamente al abismo. Pero esta vez, decidí buscar otra salida.
A pesar de la aprehensión de mis padres (mi madre se declara enemiga de “las drogas”), me vi en el consultorio del Dr. S.
El Dr. S. fue el psiquiatra de dos amigas cercanas que se habían ido del país, y ese día que fui a verlo lloré desconsoladamente en el diván de su consultorio, incapaz de articular por qué.
El Dr. S. me evaluó, hizo un diagnóstico diferencial, que consiste en descartar posibilidades y quedar con “la más probable”. Se me hicieron pruebas hormonales, para descartar el hipotiroidismo, se me hicieron pruebas neurológicas para descartar epilepsia. Al final, un par de meses después, tenía un diagnóstico: Trastorno Bipolar. El monstruo en mi cabeza tenía nombre.
El Trastorno Bipolar, explicado de una manera fría y científica, consiste en un desorden bioquímico. No está muy claro qué lo produce y qué lo detona, pero básicamente mi cerebro produce químicos que después se rehúsa a metabolizar. Dopamina y serotonina, que son responsables de las respuestas emocionales, no son procesados correctamente y produce desórdenes de estado de ánimo. Suena bastante simple: células neuronales que no hacen lo que deberían hacer, sin embargo, sus consecuencias en la vida diaria del paciente son devastadoras.
El Trastorno Bipolar no es un monstruo al que le gusta estar solo, ama la compañía de otros trastornos como Ansiedad, Pánico, Déficit de Atención, Ideación Suicida, Trastornos Alimenticios y Abuso de Sustancias. Entre 25% a 50% de las personas con esta enfermedad han tratado de suicidarse al menos una vez en su vida. De hecho, los bipolares tenemos 400% más de posibilidades de terminar nuestra vida de esta manera.
Leí en La Prensa el especial de este domingo sobre el suicidio. Habla sobre el estigma pero al mismo tiempo los subraya. El suicidio va más allá de una ruptura amorosa, de una pérdida de trabajo o la muerte de un ser querido. Habla más bien de la pérdida total de perspectiva, de sentirse como un gato encerrado en una caja, arañando por una salida. Cuando se está en el abismo no hay luz ni dirección ni sentido que nos guíe; delante de nosotros sólo está la muerte con los brazos abiertos.
Ese artículo habla también de una manera muy simple de las enfermedades mentales. De hecho sólo las menciona, nada más. Como paciente de una enfermedad mental, es una cachetada sólo dedicarle dos palabras a este tema sin el trasfondo de lo que realmente es padecer una enfermedad mental grave (pero entre comillas “manejable”) en un país como el nuestro. Los bipolares somos retratados como nuestra enfermedad y nada más. Una enfermedad que debemos esconder para tratar de funcionar en esta sociedad. Lo peor que nos puede pasar es que nuestra enfermedad llegue a oídos de potenciales empleadores, nadie quiere lidiar con una persona “loca” en su empresa, a pesar de que el trabajo es un factor muy estabilizador para personas con condiciones similares a las mías.
No sólo en eso radica la dificultad para vivir nuestras vidas, este trastorno trastoca absolutamente todas nuestras relaciones: ha permeado en mi relación con mi familia, amigos, conocidos.
La tercera vez que lo intenté fue a los veintitrés y no lo recuerdo muy claramente. Sólo la ansiedad. Recuerdo haber salido para despejar mi cabeza y que las cosas se salieron de control. Tomé ansiolíticos para frenar el tren de pensamientos obsesivos que me atacaban desde hacía días, y una desesperación y sensación de claustrofobia. Salí, para al menos ver gente y pasar un buen rato, pero al final de la noche me había tomado quince veces mi dosis de ansiolíticos y al menos una docena de cervezas. Esta vez fueron unos amigos (que probablemente para este entonces no les quede duda de quién soy, ¡hola!) los que me salvaron. Una vez más mi madre tuvo que recoger los trozos de su hija y llevarme derechito donde mi doctor.
La gente suele pensar que “antes no habían estas cosas, ahora todo mundo tiene algo” y que los fármacos psiquiátricos son como “pastillitas de la felicidad” que las personas débiles usan como excusa. La medicación es, por no decir otra cosa, brutal para el cuerpo, los antipsicóticos no te dejan concentrar, manejar y en general interfieren con tu vida diaria. Los antidepresivos traen consigo una gran cantidad de efectos secundarios como dolores crónicos de cabeza, hipersomnia, boca seca, aumento de peso, entre otros. Yo, por ejemplo, tendré que pasar el resto de mi vida tomando estabilizadores de humor, muchos de ellos incompatibles con embarazo y lactancia, así que estoy tratando de afrontar el hecho de que probablemente no sea posible para mí tener hijos. También el costo es un problema, algunos medicamentos de mantenimiento rondan los C$500, sumándole el chequeo mensual de psiquiatría, estamos hablando de al menos C$ 1500, ha habido meses que la cuenta llega a más de doscientos dólares, entre fármacos y consultas. Tener una enfermedad mental es un lujo caro.
Pienso entonces en mi privilegio: mis padres costean todos los gastos de mi salud mental. Tengo un psiquiatra excelente con una integridad humana increíble y siento cómo vela por mí y mi bienestar. Tengo un trabajo estable, en mi área, que disfruto mucho, con empleadores que están conscientes de mi condición, y que me apoyan y creen en mí y en mi talento. Tengo un grupo de amigos íntimos que me entienden desde el umbral de sus propias enfermedades mentales y condiciones. Tengo amigos que no tienen estas condiciones, pero están ahí para apoyarme y ver más allá de la Isolda-Bipolar, ven a la Isolda-Persona, y me hace pensar en todas esas personas que no tienen ni la mitad de este privilegio que yo tengo. Pienso en cuántos casos similares al mío no se pueden controlar por falta de recursos, la deficiente atención a la salud mental que existe en este país, la inestabilidad del flujo de medicamento en farmacias del país (nada es peor que llegar a la farmacia y no encontrar la medicación que te estabiliza). Y el estigma. Siempre el estigma.
Hace unos días le dije a mi mejor amigo que a veces siento que el día a día de la vida es como una piscina. Todos, sin excepción, tenemos que nadar diez vueltas a esa piscina, pero yo tengo una bola de hierro atada a mi tobillo que me hunde hacia el fondo y me hace nadar desesperadamente hacia la superficie, luchando por respirar. Entonces la gente pasa a mi alrededor y me dice “Isolda, todos tenemos que nadar diez piscinas” o “seguí adelante”. Y esa bola de hierro hundiéndome más y más, y yo luchando más y más por sobrevivir.
He llegado a conocer a este monstruo, y lo doy a conocer para que la gente no nos tenga miedo a nosotros, los enfermos mentales. Me niego a esconderlo de las personas que me quieren y conocen, y tengo la esperanza que a medida que más personas se familiaricen con estos monstruos, la vida se vuelva un poco menos complicada para nosotros, los que tenemos que convivir con estas condiciones en un mundo que no nos espera.
Publicado en Confidencial, 10 de junio de 2014.
http://www.confidencial.com.ni/articulo/17826/mi-vida-con-trastorno-bipolar
Republicado por Plaza Pública, 13 de junio de 2014.
http://www.plazapublica.com.gt/content/mi-vida-con-trastorno-bipolar

2 comentarios:

Radha Lybica dijo...

Me parece muy acertado todo lo que mencionas. Muchos saludos de otra persona con trastorno bipolar. Yo también tengo un blog pero más bien es como que platico una historia pero me desahoga.

Noemi Leire dijo...

Os dejo una serie de enlaces de interés:

Trastorno bipolar
Foro Trastorno bipolar
Ayuda Trastorno bipolar